1. MATERIUM
  2. Capítulos
  3. Charles Ponzi
Capítulo 3 de 16 · 16 min

Charles Ponzi: el documental de la estafa que lleva su nombre

Reproductor de YouTube en modo de privacidad mejorada · Ver en YouTube · Suscribirme

¿Por qué un esquema Ponzi se llama así? Porque en 1920, en Boston, Charles Ponzi prometía un 50 % en 45 días y pagaba a los primeros con el dinero de los que llegaban detrás. Miles de personas hicieron cola para darle sus ahorros. Hoy su apellido es el nombre de la estafa.

Esta es la historia real de Charles Ponzi, el inmigrante italiano que convirtió un cupón de respuesta postal en la promesa más famosa del fraude financiero: la cola de School Street, la mansión y el banco que compró, el periodista que hizo los números, el Boston Post que ganó el Pulitzer destapándolo, la corrida, la quiebra, la reincidencia en Florida, la deportación y su final en la sala de caridad de un hospital de Río de Janeiro. No fue el primero en hacerlo, pero el delito lleva su apellido.

Transcripción del capítulo

La narración completa, dividida por capítulos del vídeo.

0:00 La cola que daba la vuelta a la manzana

Boston, mil novecientos veinte. Una ciudad entera le hacía cola. Hoy, su apellido es el nombre de la estafa. Boston, julio de mil novecientos veinte.

Una cola de gente da la vuelta a la manzana en School Street. No vienen a sacar su dinero. Vienen a entregárselo a un desconocido. Un hombre pequeño, con bastón y sombrero de paja, les sonríe desde la puerta.

Le aplauden como a un mago. En tres semanas, todos lo habrán perdido todo. Y el apellido de ese hombre se habrá convertido en un delito.

0:43 El apellido que se volvió un delito

El hombre de la fotografía se llamaba Charles Ponzi. Hoy, cien años después, no hace falta contar quién fue. Su apellido está en los diccionarios y en los juzgados. Cuando alguien roba con esta fórmula exacta, en cualquier idioma, se dice una sola palabra.

Ponzi. El único estafador cuyo nombre se volvió el nombre del crimen. Y esto es lo que casi nadie sabe: él no la inventó. En el vídeo anterior, un hombre vendió un país que no existía y prometió una riqueza imposible.

Ponzi resolvió lo que aquel no pudo: cómo pagar esa riqueza de verdad. Durante un tiempo. Con el dinero del que llegaba después. Al final vas a entender cómo un don nadie sin un centavo lo consiguió.

1:33 De Italia a Boston con 2,50 $

Carlo Ponzi nació en el norte de Italia, en mil ochocientos ochenta y dos. De buena familia venida a menos. Entró en la universidad de Roma y la dejó. En mil novecientos tres embarcó rumbo a América.

Cuando el barco llegó a Boston, su dinero ya no estaba: se lo había jugado a las cartas en la travesía. Bajó a tierra, según él contaba, con dos dólares y cincuenta centavos. Y una idea fija: ese país tenía que hacerle rico. Durante quince años no lo logró.

Lavó platos, falsificó una firma, pisó la cárcel dos veces. A los treinta y siete seguía siendo un don nadie. Hasta que un sobre lo cambió todo.

2:22 La carta y el cupón misterioso

Agosto de mil novecientos diecinueve. Ponzi recibe una carta desde Europa. Dentro hay un pequeño vale de papel. Un cupón de respuesta postal internacional.

Servía para algo simple: al escribir a otro país, metías el cupón en el sobre, y el que respondía pagaba su sello sin gastar nada. Un detalle burocrático que no le importaba a nadie. Pero Ponzi se quedó mirándolo. Y vio algo que los demás no veían.

2:56 La jugada de los cupones

Europa acababa de salir de la guerra, arruinada. Sus monedas valían una miseria. Ese cupón, comprado en Italia o España, costaba una fracción de lo que valía en Estados Unidos. La jugada parecía brillante.

Comprarlos baratísimos en Europa, canjearlos por sellos caros en América, y quedarse la diferencia. Sobre el papel, el dinero se multiplicaba. Y lo mejor: era totalmente legal. O eso les dijo a todos.

3:32 La promesa: 50 % en 45 días

En diciembre de mil novecientos diecinueve fundó su empresa. Con un nombre serio y aburrido: la Compañía de Intercambio de Valores. Y salió a la calle con una promesa que nadie había oído. Cincuenta por ciento de beneficio.

En cuarenta y cinco días. Garantizado. Deme cien dólares hoy. En mes y medio le devuelvo ciento cincuenta.

4:00 La prueba social

El primer grupo fue pequeño. Unos vecinos desconfiados que metieron unos dólares con miedo. Cuarenta y cinco días después, Ponzi les pagó. Hasta el último centavo.

Y ahí arrancó la verdadera máquina. Porque esos primeros cobraron. Y no se callaron. ¡Es verdad!

¡Doblé mi dinero en seis semanas! ¿A qué esperas tú? Cada uno se lo contó a su hermano, a su cuñado, a su casera. Y aquí para un momento.

Tu vecino de toda la vida acaba de doblar sus ahorros delante de ti. Te enseña los billetes. ¿Tú no habrías metido cien dólares? Eso pensaron cuarenta mil personas.

Nadie preguntaba de dónde salía el dinero. Solo querían entrar antes de que fuera tarde. Quizá esto te suene. Si a ti o a alguien de tu familia le prometieron alguna vez doblar su dinero en pocas semanas, porque un conocido «ya había cobrado», cuéntalo en los comentarios.

Tu historia puede ser la alerta que otra familia necesita. Y la cola no había hecho más que empezar.

5:19 La cola de School Street

Lo que vino después no tiene comparación. La gente hacía cola desde el amanecer. Policías, curas, obreros, viudas. Muchos hipotecaron su casa para invertir más.

Ponzi pagaba comisión a agentes por traer clientes nuevos. En la primavera de mil novecientos veinte entraba un millón de dólares a la semana. En sus mejores días, un millón en una sola jornada. Había tanto dinero que lo amontonaban en cajones y papeleras.

El don nadie de los dos dólares era el hombre más admirado de Boston. Guarda esto: el truco que lo hizo famoso no era suyo. Alguien lo había usado antes, en Europa.

6:05 El motor secreto del esquema

Pero había un problema enorme. Ponzi no estaba comprando cupones. Ni uno. En total gastó en ellos menos de cien dólares.

El arbitraje que sonaba tan brillante era imposible en la práctica. Para pagar lo prometido habrían hecho falta ciento sesenta millones de cupones circulando por el mundo. ¿Cuántos había en realidad? Unos veintisiete mil.

Entonces, ¿de dónde salía el dinero que pagaba a todos? De una sola parte. Del bolsillo del siguiente que entraba por la puerta. A los primeros se les pagaba con lo de los segundos.

A los segundos, con lo de los terceros. Mientras siguiera llegando gente nueva.

6:55 El imperio: mansión, banco y bastón de oro

Con ese río de dinero, Ponzi compró la vida que había soñado quince años. Una mansión con piscina climatizada. Una limusina con chófer. Un bastón con el mango de oro.

Compró hasta el control de un banco: el mismo que una vez le negó un préstamo. Los periódicos lo llamaban el mago de las finanzas. Lo paraban por la calle para darle las gracias. Un inmigrante italiano era el sueño americano en persona.

Y justo en la cima, un detalle empezó a fallar. Alguien, por fin, hizo una pregunta.

7:38 La duda del experto: Clarence Barron

La pregunta no vino de la policía. Vino de un periodista: Clarence Barron. El mayor experto financiero del país, dueño del Wall Street Journal. Le pidieron su opinión sobre el milagro Ponzi.

Y Barron hizo lo que nadie: números. Dice ganar con cupones postales. Pero no existen suficientes cupones en el planeta para mover ese dinero. Ni de lejos.

Y añadió un detalle demoledor. El propio Ponzi no tenía su fortuna en cupones. La tenía en bancos, a interés ridículo. Si tanto creía en su negocio, ¿por qué él no invertía en él?

8:25 El Boston Post empieza a cavar

El diario que publicó esas dudas fue el Boston Post. Su director, Richard Grozier, olió algo podrido y mandó a sus reporteros a cavar en el pasado de Ponzi. Fue valiente. Ponzi era el héroe de la ciudad; atacarlo era atacar el sueño de miles de vecinos.

Pero el Post siguió cavando. Y lo que encontró le daría, meses después, el mayor premio del periodismo. El Pulitzer. Por destapar, ellos solos, al hombre que todos aplaudían.

9:01 «Es pura envidia»: el desafío

Ponzi no se escondió. Denunció al Boston Post y le exigió cinco millones de dólares. Y salió a la calle, sonriente, a saludar a su público. ¿Envidia?

Es pura envidia. Yo pago lo que prometo. Pregúntenle a cualquiera de esta cola. Y lo increíble: funcionó.

La gente le creyó a él, no al periódico. Seguían haciendo cola para darle su dinero. Aquí actúan juntos los dos resortes más peligrosos. La codicia del cincuenta por ciento.

Y la confianza: si tantos vecinos han cobrado, no puede ser mentira. Nadie quiere ser el único que se queda fuera. ¿Quién tuvo más culpa: Ponzi, por mentir, o una ciudad entera que prefirió creerle a él antes que al periódico? Te leo en los comentarios.

Mientras tanto, en la redacción del Post, alguien seguía cavando.

10:02 La ficha de Montreal

Pero el Post guardaba la puñalada final. El once de agosto publicó una vieja ficha policial de Montreal. En ella, un tal Carlo Ponzi había estado preso por falsificación. El mago de las finanzas era un falsificador con antecedentes.

Esa mañana, la cola cambió de sentido. La misma multitud que venía a darle dinero ahora venía a recuperarlo, aterrada. Ponzi, fiel a su papel, salió a calmarlos. Repartió café y donuts.

Y en tres días devolvió dos millones de dólares, con una sonrisa. Pero ya nada podía parar la avalancha. ¡Calma, señores, calma! Hay café para todos.

Ponzi paga. Ponzi siempre ha pagado.

10:51 Llega el auditor

El estado mandó un auditor a revisar sus libros. Un hombre metódico, inmune a las sonrisas. Contó todo lo que entraba y todo lo que Ponzi debía. No hay cupones.

No hay inversiones. Debe millones que no tiene. Está en quiebra. El doce de agosto de mil novecientos veinte, la compañía se derrumbó.

Ponzi fue arrestado. Ochenta y seis cargos por fraude postal. El imperio que levantó en ocho meses se apagó en una tarde. Ponzi acababa de caer.

Pero el truco que llevaba su nombre ya tenía una inventora: una mujer, más de cuarenta años antes.

11:41 Las cuentas del desastre

Las cifras del desastre cuesta creerlas. Unas cuarenta mil personas habían confiado su dinero a Ponzi. Entre quince y veinte millones de dólares de la época. Cientos de millones de hoy.

Seis bancos quebraron con la caída. Y la gente de la cola recuperó unos centavos por cada dólar. Muchos habían metido los ahorros de toda una vida. Y aquí aparece el resorte más silencioso: la vergüenza.

Como el comprador de la Torre Eiffel, muchos ni se atrevieron a contar en casa lo que habían perdido. El engaño se cobra dos veces: con el dinero, y con el silencio. A mi marido nunca se lo conté. Murió sin saber que ya no teníamos nada.

12:30 Florida, en plena fiebre

Ponzi fue a la cárcel. Primero por lo federal, luego por lo estatal. Y cuando salió bajo fianza, hizo lo que hacen los estafadores de verdad. Volvió a intentarlo.

En Florida, en plena fiebre inmobiliaria, montó una empresa para vender parcelas. Prometía multiplicar la inversión por diez. El detalle: muchas de esas parcelas estaban bajo el agua. Eran puro pantano.

Lo condenaron otra vez. Intentó huir disfrazado de marinero. Lo atraparon en Nueva Orleans. Si tienes padres, abuelos o amigos a los que alguien les promete un interés fijo cada mes, mándales este vídeo.

Ojalá nunca lo necesiten. Y dale like: así le llega a más gente. A Ponzi aún le quedaba un último viaje.

13:29 El último barco

Estados Unidos ya había tenido suficiente. En mil novecientos treinta y cuatro lo deportó a Italia. El país que le negó su fortuna lo devolvía como un paquete. En Italia lo intentó con charlas y proyectos.

Ninguno funcionó. Nadie quería al hombre cuyo apellido ya significaba ruina. Consiguió un pasaje a Brasil y cruzó el Atlántico por última vez, en tercera clase. El mismo océano que veinte años antes le prometió una fortuna.

14:01 Río de Janeiro, 1949

Charles Ponzi pasó sus últimos años en Río de Janeiro. Solo. Medio ciego por un derrame, con medio cuerpo paralizado. Vivía de una pequeña ayuda y de dar clases de idiomas cuando podía.

El dieciocho de enero de mil novecientos cuarenta y nueve murió en la sala de caridad de un hospital. El hombre que movió veinte millones de dólares dejó, para su propio entierro, unos setenta y cinco. Lo enterraron en una tumba de pobre. Sin flores.

Sin colas. Sin ninguno de los aplausos que tanto le gustaban. ¿Y qué si lo perdieron? Les di el mejor espectáculo desde la llegada de los peregrinos.

14:50 La Ley Nº3 del Engaño

Y sin embargo, su apellido no murió con él. Se hizo eterno. Hoy, cada vez que alguien promete rentabilidades imposibles y paga a los viejos con el dinero de los nuevos, tiene un nombre. Esquema Ponzi.

Lo verás en la cripto que promete un diez por ciento fijo cada mes. En el conocido que te jura que su amigo ya duplicó. En el negocio donde los primeros cobran… y por eso traen a los siguientes. Esa es la ley que Charles Ponzi firmó con su propio nombre.

Paga a los primeros, y ellos te traerán a los siguientes. Ley número tres: paga a los primeros, y ellos te traerán a los siguientes. Quedan trece. En el próximo capítulo: cuarenta y cuatro años antes que Ponzi, una mujer arruinada tenía a media Madrid haciendo cola por exactamente lo mismo.

¿Ves ese código de la esquina? Yo que tú, no lo escanearía. Claro que eso es exactamente lo que te diría un estafador. Enlace en la descripción y en el comentario fijado.

Suscríbete. Porque la próxima víctima, podrías ser tú.

Pon a prueba tu olfato

¿Caerías en esta estafa?

Pregunta 1 de 2

¿Cuál era el truco de Charles Ponzi?

Siguiente expediente

Baldomera Larra

Ver las 16 Leyes →