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Capítulo 6 de 16 · 18 min

Bernie Madoff: el documental del mayor esquema Ponzi de la historia

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Bernie Madoff, la mayor estafa piramidal de la historia (Nueva York, 2008) Expresidente del Nasdaq y leyenda de Wall Street, Bernie Madoff prometía algo más tentador que hacerse rico: un 10 o un 12 % al año, cayera o subiera la bolsa. Un analista avisó a la SEC una y otra vez. Esta es la historia de por qué nadie lo comprobó, contada con su declaración ante el tribunal y el informe del inspector general de la SEC.

Transcripción del capítulo

La narración completa, dividida por capítulos del vídeo.

0:00 «Hoy es prácticamente imposible violar las reglas»

Hoy es prácticamente imposible violar las reglas. Catorce meses después, a sus propios hijos: Todo es una gran mentira. Sesenta y cinco mil millones de dólares. El mayor fraude Ponzi de la historia.

Y no lo descubrió nadie. El equipo de MATERIUM ha investigado este caso en documentos reales: la demanda de la SEC, las actas del tribunal de Manhattan y el informe del inspector general.

0:31 Bernard Madoff, leyenda de Wall Street

Se llamaba Bernard Madoff. Leyenda de Wall Street. Crees que a los grandes estafadores los acaba cazando la policía. A este lo tuvieron delante una y otra vez.

La policía de la bolsa recibió seis denuncias contra él. Lo inspeccionó tres veces. Lo investigó dos. Y lo dejó seguir.

Y muchos de sus clientes ni siquiera sabían su nombre. Le dieron sus ahorros a través de su banco de toda la vida. En México. En Argentina.

En España. En el capítulo anterior, Ruja Ignatova necesitó estadios llenos. A Bernie le bastó con su nombre. Hoy sabrás cómo engañó a los que debían vigilarle.

Por qué miles de familias latinas le confiaron su dinero sin haberle visto nunca. Y dónde están hoy esos sesenta y cinco mil millones de dólares.

1:27 De Queens al Nasdaq

Bernie creció en Queens, hijo de un fontanero. En mil novecientos sesenta abrió su propia firma de bolsa. Empecé con cinco mil dólares. Ahorrados de socorrista y poniendo aspersores.

Esa es la versión de Bernie. Recuérdala. Casi nunca contaba que su suegro le prestó cincuenta mil dólares… y le pasó sus primeros clientes. Pero no era un farsante: era un innovador de verdad.

Su firma llegó a mover una de cada veinte operaciones de la Bolsa de Nueva York. Y presidió el Nasdaq. Es el primer resorte del engaño: la AUTORIDAD. ¿Para qué iba a estafar un hombre así?

2:12 Una rentabilidad aburrida… e imposible

La respuesta está en su otro negocio. Bernie no prometía hacerte rico. Prometía algo más tentador. Un diez, un doce por ciento al año.

Si la bolsa caía, su fondo ganaba un poco. Si subía, también. Esa rentabilidad no era alta. Era aburrida.

Y eso era exactamente lo imposible: ningún mercado del mundo es aburrido. Aburrida… para casi todos. Las cuentas de Jeffry Picower, un millonario de Palm Beach, ganaron un novecientos cincuenta por ciento en un solo año. Guarda ese nombre.

Y entrar en el club no era fácil. No acepta a cualquiera. Si te deja entrar, es que te ha elegido. Es el segundo resorte: la EXCLUSIVIDAD.

Si un hombre así te dijera que te ha elegido… ¿le pedirías explicaciones? Quizá esto te suene. Si alguna vez a ti o a alguien de tu familia le ofrecieron una inversión que «nunca pierde», cuéntalo en los comentarios.

Tu historia puede ser la alerta que otra familia necesita. Y ahora vas a ver por qué nunca perdía. Ahora acércate. Esto pasaba dos pisos por debajo de su despacho.

En el piso diecisiete trabajaba apenas una veintena de personas. Y allí no se compraba ni una sola acción. Él mismo lo confesó ante el juez. Nunca invertí esos fondos, como había prometido.

Se depositaban en una cuenta del Chase Manhattan Bank. La cuenta setecientos tres. Con el dinero de los nuevos, se pagaba a los antiguos que pedían el suyo. Retén ese número.

Un día, alguien la abrirá buscando los sesenta y cinco mil millones. Lo demás eran papeles: extractos con operaciones perfectas, elegidas con el periódico de ayer. Y si un auditor pedía un libro antiguo, lo imprimían esa noche… y lo envejecían en una nevera. Era todo falso.

La víspera de una visita de los auditores, el equipo lo celebró con una cena de lujo. Por engañar a los auditores. Por engañar a KPMG. Pero ese mismo programador empezó a tener miedo.

En su cajón dejó una nota. No mentiré más. La próxima vez diré: pregúntale a Frank. Bernie ordenó pagarles lo que quisieran.

4:56 Fondos elegantes y tu banco de siempre

Pero un Ponzi necesita dinero nuevo. Todos los meses. ¿De dónde salía? Bernie no buscaba clientes.

Se los llevaban fondos elegantes y bancos de toda la vida. Es un fondo conservador. De bajo riesgo. Ideal para alguien como usted.

A cambio, cobraban jugosas comisiones. El mayor, Fairfield Greenwich, le confió más de siete mil millones. Los clientes del Santander, más de dos mil trescientos millones de euros. Es el tercer resorte: la CONFIANZA EN LOS NUESTROS.

Tu banquero. Tu banco.

5:38 Markopolos: cinco minutos para ver un fraude

Pero en Boston, un hombre miraba los números de Bernie. Y no se los creía. Se llamaba Harry Markopolos. En mil novecientos noventa y nueve, un socio de su firma le habló de Bernie: el aristócrata francés René-Thierry de la Villehuchet.

Me bastaron cinco minutos para saber que era un fraude. Esa línea recta no existe en las finanzas. Solo en las clases de geometría. Se lo llevó a la SEC en dos mil.

Y en dos mil uno. En dos mil cinco les entregó esto. Veintinueve banderas rojas. Llegó a temer por su vida: según su propio libro, tenía en casa una escopeta cargada.

La SEC ruge como un león… y muerde como una pulga. Por cierto: si conoces a un estafador que también se escondió detrás de su prestigio, escríbelo en los comentarios. Los más pedidos, los investigamos. Porque aquella pulga ya había tenido a Bernie entre los dientes.

Y lo había soltado. Mil novecientos noventa y dos. Unos contables de Florida captan el dinero de tres mil doscientas personas. Lo gestiona un «bróker sin nombre».

Era Bernie. La SEC ordenó devolverlo todo. Y el dinero apareció. Hasta el último dólar.

Nadie preguntó de dónde había salido. Salía de otros clientes de Bernie. Apunta ese truco: tapar un agujero con el dinero de otro. Dieciséis años después, explicará adónde fueron a parar los sesenta y cinco mil millones.

En dos mil cinco, la SEC mandó examinadores a su oficina. Jóvenes. Frente a una leyenda. ¿Sabéis que estoy en la lista corta para presidir la SEC?

Necesitaríamos ver sus registros de operaciones, señor Madoff. Se le hinchaban las venas del cuello. Es un hombre muy poderoso. Y muy bien conectado.

Id con cuidado. Lo que no sabían es que él también los vigilaba. Según DiPascali, Bernie hurgó en el maletín de un examinador. Dentro, un artículo que dudaba de él.

Estos hijos de… están jugando conmigo. Antes de que la SEC interrogara a los de Fairfield, Bernie los llamó. No sabía que la llamada quedaba grabada. Obviamente, ante todo, esta conversación nunca tuvo lugar.

Mayo de dos mil seis: el momento decisivo. Los investigadores le preguntan dónde guarda las acciones de sus clientes. Bernie les da un número de cuenta en la DTC, la cámara que custodia los valores del país. Una sola llamada lo habría destapado.

Ya en prisión, contó lo que pensó aquel día. Pensé: se acabó. El lunes por la mañana llamarán a la DTC… y esto se termina. El lunes no llamó nadie.

Ni ese lunes, ni el siguiente. Es asombroso que no me pillaran antes. El inspector general lo señaló como el fallo más atroz de la investigación. Bernie siguió dos años y medio más.

Y aquí te pregunto a ti. ¿Quién tuvo más culpa: Bernie, o la SEC, que no hizo una sola llamada? Te leo en los comentarios. Porque Bernie, mientras tanto, se reía de ellos en público.

Vuelve a aquel panel de dos mil siete. Alguien le pregunta por su relación con los reguladores. Estoy muy cerca de ellos. De hecho, mi sobrina se casó con uno.

No mentía. Pero el inspector general no encontró ningún favor. Bernie no los necesitaba.

9:48 Cae Lehman: todos piden su dinero

Un año después de aquella risa, el mercado entero se vino abajo. Septiembre de dos mil ocho. Cae Lehman Brothers. Todo el mundo pide su dinero a la vez.

Para una estafa piramidal, es lo único mortal. En diciembre, sus clientes le reclaman unos siete mil millones de dólares. En la cuenta setecientos tres quedan doscientos treinta y cuatro millones. Los extractos decían sesenta y cinco mil millones.

¿Dónde estaba el resto? No lo averiguará la policía. Lo averiguará un hombre que pasará más de quince años siguiendo el rastro. El tres de diciembre, Bernie llora delante de su director financiero.

Frank… se acabó. Estoy acabado. Y aun así, el nueve de diciembre quiere adelantar los bonus: ciento setenta y tres millones en cheques, para familiares y amigos. ¿Con el mercado hundido?

Sus hijos no entienden nada. Diez de diciembre de dos mil ocho. Mark y Andrew entran en el apartamento de sus padres. Bernie les pide que se sienten.

Es todo una gran mentira. Básicamente, un gigantesco esquema Ponzi. Silencio. Ese mismo día, Ruth retiró diez millones de dólares de una cuenta.

Nunca fue acusada de nada. Esa noche, sus hijos avisaron a su abogado. Y él, a las autoridades. Al mayor estafador de la historia no lo descubrió la SEC.

Ni el FBI. Lo entregaron sus propios hijos. A la mañana siguiente, el FBI llama a su puerta. Hemos venido a saber si existe una explicación inocente.

No hay explicación inocente. Esa tarde, la noticia da la vuelta al mundo. Y en miles de casas, muy lejos de Nueva York, empieza a sonar el teléfono. ¿Recuerdas a los clientes que nunca habían oído su nombre?

Esa semana lo oyeron por primera vez. En México, un empresario jubilado: Me enteré cuando me llamaron del Santander para decirme lo que había perdido. Me dijeron que era conservador. De bajo riesgo.

Se llevó parte de mi retiro. Como él, clientes de media Latinoamérica y de España. El Santander ofreció compensar a sus clientes particulares. Con una condición: renunciar a demandar.

La mayoría firmó. En Nueva York, el Nobel de la Paz Elie Wiesel perdió los ahorros de su vida. Psicópata es una palabra demasiado amable para él. ¿Y René-Thierry de la Villehuchet, el aristócrata que puso a Markopolos tras la pista?

Lo había perdido todo. También el dinero de sus clientes. Menos de dos semanas después del arresto, se quitó la vida. No era solo dinero.

Era la vergüenza de haber confiado. Y de haber hecho confiar a otros. Si tienes padres o abuelos con sus ahorros en un fondo que «siempre gana», mándales este vídeo. Hoy quizá no lo necesiten.

Ojalá nunca lo necesiten. Y si crees que a alguien le puede servir, dale like: así le llega a más gente. Porque a Bernie aún le quedaba enfrentarse a sus víctimas. Cara a cara.

Marzo de dos mil nueve. Bernie se declara culpable de once delitos. Sabía que lo que hacía estaba mal. De hecho, era un delito.

Lo siento profundamente. Cuando empecé, creí que acabaría pronto. Pero resultó difícil. Y, al final, imposible.

Imposible. La misma palabra de dos mil siete. Situó el inicio en los noventa. El juez y otros testigos, mucho antes.

Otra vez, la versión de Bernie. En junio habla una víctima: un joven que invertía para cuidar de su hermano discapacitado. Espero que su celda se convierta en su ataúd. El juez le impone ciento cincuenta años de prisión.

El máximo. Pero el castigo más duro no lo dictó ningún juez. Dos años después del arresto, el mismo día, su hijo Mark se quitó la vida. En dos mil catorce, el cáncer se llevó a Andrew.

Sé que moriré en la cárcel. Viví los últimos veinte años de mi vida con miedo. Murió en prisión en dos mil veintiuno. Nadie de su familia reclamó sus cenizas.

Pero mientras Bernie envejecía en su celda, aquel hombre ya llamaba a las puertas. Se llamaba Irving Picard. Y la puerta que más escondía era la de la viuda de Picower. ¿Dónde están los sesenta y cinco mil millones?

En ninguna parte. Nunca existieron. Eran saldos de papel: ganancias inventadas. El dinero real perdido fue menos de un tercio.

Y buena parte había salido hacía años. Para pagar a otros clientes. El truco de mil novecientos noventa y dos. Picard lo persiguió por todas partes.

A bancos. A fondos. Y a clientes que habían cobrado ganancias falsas sin saberlo: la mitad de los inversores directos había sacado más de lo que metió. Muchos tuvieron que devolverlo.

La viuda de Picower devolvió siete mil doscientos millones. Entonces, un récord en Estados Unidos. JPMorgan, el banco de la cuenta setecientos tres, acabó pagando más de dos mil millones. JPMorgan nunca cerró ni cuestionó seriamente la cuenta setecientos tres.

Desde la cárcel, Bernie señaló a otros. Todo el mundo era codicioso. Entre el administrador y un fondo del Gobierno, ya han devuelto casi diecinueve mil millones de dólares. Muchas víctimas recuperaron todo lo que pusieron.

Otras, no. Y a ninguna le devolvieron los años de angustia. Llévate esto. Bernie no engañó al mundo con una idea brillante.

Lo engañó con un currículum. Su prestigio convenció a los clientes de no preguntar. Y a los vigilantes, de no comprobar. La SEC publica las señales de alarma de un esquema Ponzi: rentabilidades demasiado constantes, estrategias secretas, extractos que no cuadran.

Madoff las tenía todas. Y casi nadie quiso verlas, porque era Madoff.

17:16 La Ley Nº6 del Engaño

La Ley número seis del Manual del Engaño dice así. El prestigio es la mejor coartada. La misma estafa. Otro disfraz.

Ley número seis: el prestigio es la mejor coartada. Quedan diez. En el próximo capítulo: Madoff usó su prestigio en Nueva York; el siguiente se compró un título de «sir» en el Caribe… y se llevó los ahorros de medio Latinoamérica. ¿Ves ese código de la esquina?

Yo que tú, no lo escanearía. Claro que eso es exactamente lo que te diría un estafador. Enlace en la descripción y en el comentario fijado. Suscríbete.

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