Un texano en quiebra se hizo nombrar «sir» en el Caribe y convirtió su banco «seguro» en un Ponzi de 7.000 millones de dólares. Esta es la historia de Allen Stanford y de las familias latinoamericanas que le confiaron sus ahorros para protegerlos.
Se reinventó en la isla de Antigua: prestó al Gobierno al menos 85 millones, se ganó al jefe del regulador financiero y vendió durante casi veinte años certificados de depósito que pagaban más que cualquier banco. Desde 1990, las cuentas eran falsas. La policía de la bolsa de EE. UU. lo sospechaba desde 1997, pero quien lo destapó fue un analista venezolano. En 2012 le condenaron a 110 años de prisión.
Transcripción del capítulo
La narración completa, dividida por capítulos del vídeo.
0:00 Veinte millones en una caja de cristal
Mil novecientos noventa y siete. La SEC ya sospechaba que era un Ponzi. Tardó doce años en pararle. Veinte millones de dólares en una caja de cristal.
Londres, dos mil ocho. Un helicóptero aterriza en el campo de críquet más famoso del mundo. Baja un texano con título de caballero. El ganador se lo lleva todo.
Ocho meses después, miles de familias de Latinoamérica sabrán de dónde salía ese dinero. Era el suyo.
0:36 Sir Allen Stanford
Se llamaba Allen Stanford. Sir Allen Stanford. Según Forbes, dos mil doscientos millones de dólares de fortuna. Su banco, en una isla del Caribe, no vendía rentabilidad.
Vendía refugio. Crees que a los que caen en un Ponzi los ciega la codicia. A estos los cegó el miedo. Sacaron sus ahorros del país para protegerlos… y los llevaron justo al sitio donde iban a perderlos.
Sesenta y ocho días después de Madoff, cayó Stanford. Mismo esquema. Otro disfraz. Hoy sabrás qué había de verdad en aquella caja.
Por qué la policía de la bolsa lo sospechaba desde mil novecientos noventa y siete… y tardó doce años en actuar. Y dónde está hoy el dinero de esas familias.
1:26 Un texano sin un centavo
Allen nació en un pueblo de Texas. Su primer negocio: una cadena de gimnasios en Waco. Creció deprisa. Se compró un Jaguar.
Y un helicóptero. Recuerda ese helicóptero. En mil novecientos ochenta y dos, quiebra: trece millones y medio de deudas, doscientos mil de activos. Según varios perfiles, acabó un tiempo haciendo empanadas en una hamburguesería.
Su versión, contada a Forbes: Mi padre y yo compramos edificios hundidos en Houston. Ganamos varios cientos de millones. Lo documentado es más raro. Hacia mil novecientos ochenta y cinco, el hombre de las empanadas ya tenía un banco.
2:12 La isla que le abrió la puerta
¿Cómo abre un banco un hombre recién quebrado? Buscando la isla adecuada. En Montserrat, una isla británica del Caribe, había unos trescientos bancos. Casi todos, de papel.
Cuando la policía británica empezó a cerrarlos, Stanford devolvió su licencia a tiempo. Y se fue a la isla de al lado: Antigua. Allí el primer ministro le pidió rescatar un banco local en apuros. Cuente conmigo, primer ministro.
Yo me quedo con ese banco. Lo rescató. Y la isla empezó a deberle. Ahora, lo que casi nadie sabe.
Su director financiero, James Davis, su compañero de habitación en la universidad, lo confesó años después: desde mil novecientos noventa, las cuentas del banco eran falsas. No se torció con la crisis. Fue mentira desde el principio.
3:11 Caracas: el miedo como motor
Para llenar un banco así, Stanford fue a buscar clientes asustados. Ponte en la piel de una familia de Caracas. La inflación pasa del treinta por ciento. El Gobierno controla los dólares.
Nadie sabe qué hará Chávez mañana con tu dinero. Llevas veinte años ahorrando. ¿Dónde lo pones para que nadie te lo quite? Stanford tenía la respuesta.
Entrabas en una oficina suya en Venezuela y salías con un certificado de un banco de Antigua. Al siete por ciento: casi el doble que en Estados Unidos. Su dinero está en activos líquidos. Lo vigilan más de veinte analistas.
Y lo audita el regulador. No me fiaba de los bancos de aquí. Tenía miedo de que el Gobierno me quitara el dinero. El miedo no pide pruebas.
Pide un refugio. Quizá esto te suene. Si alguna vez a ti o a alguien de tu familia le ofrecieron poner sus ahorros «a salvo» fuera del país, con un interés que nadie más pagaba, cuéntalo en los comentarios. Tu historia puede ser la alerta que otra familia necesita.
Y apunta quién da miedo y quién da refugio. Al final se van a cambiar los papeles.
4:28 Los vendedores del refugio
Pero el miedo solo abre la puerta. Para cruzarla hacían falta vendedores. Cada asesor cobraba un uno por ciento de lo que metía en certificados. Las oficinas competían como equipos.
El de Houston: los Texas Tequila Twisters. Siete por ciento, en dólares. Y asegurado por Lloyd's de Londres. ¿Y si le pasa algo al banco?
Para esa duda estaba el avión. A los de más de cinco millones los llevaban a la isla en jet privado. Volvían convencidos. ¿Y el seguro de Lloyd's?
Existía. Pero protegía a los directivos, no tu dinero. Una asesora, Leyla Wydler, lo comprobó. Se negó a venderlos y la despidieron.
Al año siguiente lo dijo en un arbitraje: Esta firma está metida en un esquema Ponzi para defraudar a sus clientes. Nadie se lo pasó a los investigadores. Guarda este detalle: el asesor de tu país que te vendía el certificado. Dentro de muchos años, en un solo país, ese detalle será la llave para recuperar el dinero.
5:44 Las cifras se decidían antes
Pero primero, la pregunta que casi nadie se hacía: ¿cómo paga un banco el doble que los demás? La respuesta era sencilla. No lo pagaba. En mil novecientos noventa y cinco, su banco declaró un quince coma setenta y uno por ciento de rentabilidad.
En mil novecientos noventa y seis… exactamente la misma cifra. La SEC lo llamó «una imposibilidad estadística». Davis contó el método en el juicio: primero se decidía el número, después se fabricaban las cuentas. Este año ponemos un diez por ciento.
Que los números cuadren. Como siempre, Allen. Más del ochenta por ciento eran «otros activos»: terrenos inflados, empresas a medias… y préstamos personales a un solo cliente: Allen Stanford. Por lo menos mil seiscientos millones.
El banco era su cajero automático. Y en los informes a los clientes, año tras año, cifras perfectas. Recuérdalas. Él las iba a olvidar.
6:54 El regulador «hermano de sangre»
Un banco así solo aguanta si nadie mira. Y en Antigua, Stanford se aseguró de eso. Le prestó al Gobierno al menos ochenta y cinco millones de dólares. Solo un hombre podía pararle: Leroy King, el jefe del regulador financiero.
Según Davis, en dos mil tres los dos se hicieron «hermanos de sangre». Se cortaron las muñecas y juntaron la sangre. Desde entonces, King le llamaba «Big Brother». Lo documentado: más de quinientos veinte mil dólares en efectivo, dos Super Bowl y vuelos en jet privado.
Cuando la SEC le pidió ayuda, King contestó por escrito: Nuestro organismo no tiene autoridad para actuar de la manera solicitada. En dos mil seis, Antigua le nombró caballero. Su web lo contaba así: Nombrado caballero de manos de Su Alteza Real, el príncipe Eduardo. Según la prensa británica, Buckingham lo calificó de «incorrecto».
El «sir» era real. Pero se lo daba un Gobierno que le debía dinero.
8:09 La SEC lo sabía desde 1997
Quedaba un vigilante fuera de la isla: la SEC, la policía de la bolsa. En mil novecientos noventa y siete, sus examinadores de Fort Worth concluyeron: probablemente es un Ponzi. Lo repitieron tres veces más. Nadie actuó.
Un veterano, a punto de jubilarse, avisó a un jefe: Vigila a esta gente. Me parece un Ponzi. Y algún día va a explotar. El jefe de ejecución de Fort Worth dejó la SEC.
Al año siguiente, le facturó horas a Stanford. La examinadora que más insistió, Julie Preuitt, lo resumió ante el Congreso: Pagué un precio muy alto por quejarme. El banco pasó de doscientos cincuenta millones a siete mil millones. Y aquí te pregunto a ti.
¿Quién tuvo más culpa: el estafador, o los que lo vieron venir y no hicieron nada? Te leo en los comentarios. Porque al final no lo pararon ellos. Lo pararía alguien a quien nadie pagaba por vigilarle.
Pero antes, el mundo se vino abajo.
9:25 ¿Qué había en la caja?
Volvamos a Lord's. Según The Times, aquel helicóptero ni siquiera era suyo. Era alquilado: la empresa le pintó el logo de Stanford para ese día. ¿Y la caja de los veinte millones?
Según el mismo diario, quizá llevaba dentro unos cien mil dólares. El helicóptero de Waco, otra vez. Parecer rico para que te confíen el dinero. Y funcionó.
Hasta que, ese mismo año, la bolsa de Estados Unidos se hundió un treinta y nueve por ciento. ¿El banco de Stanford? Según sus cuentas, perdió un uno coma tres por ciento. En diciembre detuvieron a Madoff.
Y el banco de Stanford escribió a sus clientes: Nuestro banco no tiene exposición directa ni indirecta a Madoff. También era mentira: tenía dinero en un fondo que invertía con Madoff.
10:23 El analista que le vio las plumas al pato
Pero alguien ya le había visto las plumas al pato. Quien lo vio no fue la SEC. Fue un analista venezolano que vivía en Florida. En octubre de dos mil ocho, un viejo amigo le pidió a Alex Dalmady que revisara su cartera.
Échale un ojo. Casi todo está en certificados de Stanford. Son sólidos. ¿Un banco que invierte como un fondo… y tiene esta página web?
¿Qué me quieres decir? Que lo saques. Ya. Roberto lo sacó en diciembre.
Dalmady siguió tirando del hilo. En enero lo publicó en una revista de Caracas. Título: «Duck Tales». Cuentos de patos.
Tiene plumas, grazna, camina como un pato y tiene patas palmeadas. Traducción: si parece un Ponzi, es un Ponzi. El banco respondió con desprecio: Es la opinión de un analista aislado. Cinco semanas después, el analista aislado tenía compañía: la SEC.
11:35 «Los activos están ahí»
Febrero de dos mil nueve. En Miami, Stanford prepara a su directora de inversiones para declarar ante la SEC. Según los asistentes, Stanford dijo: Los activos están ahí. No estaban.
El diecisiete de febrero, la SEC lo acusó de un fraude masivo de ocho mil millones de dólares. Ese mismo día, un congresista de Texas le escribió un correo: Te quiero y creo en ti. Según una fuente de la cadena CNBC, Stanford intentó alquilar un jet privado a Antigua. Necesito un avión a Antigua.
Hoy mismo. La empresa rechazó su tarjeta de crédito. El hombre de los dos mil doscientos millones no pudo pagar un vuelo con tarjeta. Por cierto: si conoces a un estafador cuya historia merece un capítulo, escríbelo en los comentarios.
Los más pedidos, los investigamos. Dos días después, el FBI lo encontró en Virginia, en casa de la familia de su novia.
12:43 Caracas, febrero de 2009
Mientras tanto, en Caracas había colas frente al Stanford Bank de Venezuela. Entre colas e internet, sacaron noventa y tres millones. Más de un tercio de todo. Sé que es malo que todos saquemos la plata.
Pero son los ahorros de uno. ¿Recuerdas quién daba miedo y quién daba refugio? Aquel banco venezolano, el del país del que todos desconfiaban… el Gobierno lo intervino, garantizó los depósitos y lo vendió. Sus clientes no perdieron nada.
Lo que desapareció fue el refugio: los certificados de Antigua. Entre mil quinientos y tres mil quinientos millones de dólares de venezolanos. La nacionalidad que más perdió. Huyeron del banco que temían.
Y perdieron en el banco en el que confiaban. Si tienes padres, abuelos o amigos que guardan sus ahorros con miedo, mándales este vídeo. Hoy quizá no lo necesiten. Ojalá nunca lo necesiten.
Y si crees que a alguien le puede servir, dale like: así le llega a más gente. Porque esta historia aún no ha terminado. Falta saber dónde está ese dinero hoy. Y en qué país lo recuperaron todo.
Pero antes, un giro que nadie esperaba. Seis meses después, el Gobierno de Chávez, del que tantos habían huido, le dio a Antigua cincuenta millones. Para tapar el agujero que había dejado Stanford.
14:20 «Si fuera un Ponzi, iría al infierno»
¿Y Stanford? En abril, un periodista de ABC lo abordó a la salida de un restaurante de Houston. Y habló. Si esto fuera un Ponzi, me iría al infierno.
Soy el tejano rico cuya cabeza de alce quieren colgar en la pared. Y cuando el periodista le preguntó por rumores de dinero del narco: Absolutamente ridículo. Repítalo y le doy un puñetazo en la boca. Esos rumores nunca se probaron.
En junio se entregó al FBI. En septiembre, otro preso le dio una paliza: fracturas en la cara y cirugía. Y más de un año después del golpe, alegó que había perdido la memoria. No recuerdo el banco.
No recuerdo nada. Ni una sola de aquellas cifras perfectas. El psicólogo que lo evaluó declaró que suspendió todas las pruebas para desenmascarar a simuladores. Y desde la cárcel, demandó a fiscales y a agentes del FBI y de la SEC.
¿El motivo? Aplicación abusiva de la ley. Pedía siete mil doscientos millones de dólares. Casi exactamente lo que valían sus certificados.
Él reclamaba su dinero. Sus víctimas seguían esperando el suyo. Y la respuesta llegaría de donde nadie miraba.
15:52 110 años
Con o sin memoria, el juez lo declaró apto para el juicio. El testigo estrella fue Davis, su compañero de habitación: los beneficios del banco eran inventados. Stanford no declaró. Culpable de trece de los catorce cargos.
En la sentencia habló más de cuarenta minutos. No dirigí un esquema Ponzi. No defraudé a nadie. No estoy aquí para pedir compasión ni perdón.
Jaime Escalona habló por las víctimas de Latinoamérica. Su familia ya no podía pagar el tratamiento de su nieto con autismo. Usted es un canalla sucio y podrido. Muchas víctimas se están muriendo, desesperadas y solas.
Ciento diez años de prisión. Sin libertad condicional. Davis recibió cinco. Y su hermano de sangre, Leroy King, diez.
16:54 ¿Dónde está el dinero?
¿Y el dinero de toda esa gente? Diecisiete años después, el administrador judicial ha recuperado más de dos mil quinientos millones. Según las propias víctimas, les han devuelto alrededor de la mitad. Los activos están ahí.
No estaban. La mitad que volvió salió sobre todo de los bancos que trabajaron con él. Quince años tarde. Muchos no llegaron a verlo.
Hubo una excepción: Colombia. ¿Recuerdas al asesor de tu país que te vendía el certificado? Esa fue la llave. La Corte Suprema obligó a la filial local a devolverlo todo, con intereses, por asesorar mal.
Según su abogado, son los únicos inversores del mundo que lo recuperaron todo. Stanford sigue preso en Florida. Según el registro de prisiones, saldría después del año dos mil cien.
17:54 Ley Nº7 y el próximo capítulo
Si alguien te paga más que nadie, te jura que está asegurado y te promete que lejos estará a salvo… pregúntate quién sale ganando con tu miedo. Porque esa es la Ley número siete del Manual del Engaño. El miedo del ahorrador es el capital del estafador. Ley número siete: el miedo del ahorrador es el capital del estafador.
Quedan nueve. En el próximo capítulo: Stanford vendía certificados desde un paraíso fiscal. El siguiente los vendía por teléfono, a gritos, desde una oficina que Hollywood convirtió en Wall Street. ¿Ves ese código de la esquina?
Yo que tú, no lo escanearía. Claro que eso es exactamente lo que te diría un estafador. Enlace en la descripción y en el comentario fijado. Suscríbete.
Porque la próxima víctima, podrías ser tú.
Pon a prueba tu olfato
¿Caerías en esta estafa?
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